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El tiempo que querría


¿Cuánto dura un momento? Los psicólogos calculan que tres segundos. Es la longitud que percibimos como el presente, en ese lapso reunimos todos los componentes que resumimos en el ahora. En general, el momento se refiere a un instante breve de tiempo en el que se experimenta algo. En términos neurocientíficos, los momentos pueden estar asociados con cambios en la actividad neuronal en el cerebro que duran solo unos pocos milisegundos.


Hace un rato que miro una vieja foto. Observo a al yo de octubre de 1996 que vivía y surfeaba las olas de la madrugada guanajuatense. La fotografía se compone de un plano general en donde estoy rodeado de amigos y compañeros que trabajaban en el bar. Es impreciso el día. Quizá celebrábamos el final de un festival cervantino, estoy seguro de que era una buena temporada para todos. Los rostros embriagados de alegría se unen y pelean por aparecer en el encuadre, como si quisieran congelarse en un instante eterno, en ese instante que se va. En el fondo todos tenemos ese retortijón en el estómago. Ahora, ya. Los griegos llamaron Kairós a este momento propicio en el que hay que actuar, entre lo demasiado temprano y lo demasiado tarde, este arte de deslizarse en los intersticios del tiempo. Hablo de esa década en que las fotos eran escasas, muy escasas. La oportunidad de aparecer en la foto era única.

Me desdoblé de un jalón a ese estanco de mi era cuaternaria. Enseguida galoparon los antiguos futuros, los diversos puntos de fuga como el olor rancio de cerveza, los ceniceros desbordantes, las bocinas escupiendo, Knockin' on Heaven's Door, con Guns N' Roses. Aparecieron fantasmas y caminos descomunales de miles de momentos. Como cantinero archivé registros de historias que se asomaron detrás del velamen de mi olvido para identificar, acaso, esos tres segundos de lo que fue un presente eufórico.

Asumo que esas evocaciones concentran muchas mentiras, falsos positivos. Noticias fake de mi memoria porque el recuerdo es un mal cineasta; compone escenarios, dibuja ficciones, elabora narraciones, cierra círculos a su antojo. Me doy cuenta de que somos unas inmensas máquinas de desperdicio.

Con esa ancla temporal me abrocho el cinturón. La foto del fin de un festival cervantino. Cierro la fuga de sensaciones. Reconozco apenas unos personajes. Aunque supongo que nos cruzamos en la vida por razones de aquel yo cantinero, aparecen inéditos en su gesto, para decirme hoy que le conteste al tiempo y sus preguntas.

Hay recuerdos muertos que esperan ser revividos. Esos que nos muestran la historia que nos forjó, un momento esencial. Evocar instantes que, en la inercia de la marcha hacia el futuro, sospechamos que perdimos algo esencial, algo nuestro que dejamos a la mitad del camino.

A veces queremos encontrar su rastro o reconocer ese viejo rumbo. Recordamos de pronto que fuimos otros, ¿fuimos muchos? ¿Quedamos a deber o saldamos las cuentas? Nos achicamos en el currículum.

Detrás del aluvión de imágenes mentales, me viene una idea de lo que fui.

En el fotograma tomo del cuello a un hombre que fue amigo de ese yo del 96. Un hombre al que hoy ya no conozco. Del otro lado mi mano toma del hombro a una chica que estoy seguro, recuerda a un chico del 96. El resto son caras, flashazos, encuentros inadvertidos, espacios de tiempo donde se cruzaron nuestras vidas y quizá fueron importantes. Tal vez.

Entonces se vienen dos momentos. Dos historias, dos tiempos. Dice Pascal Bruckner que “A lo largo de los años conocemos múltiples versiones de nosotros mismos que acumulamos al abandonar nuestros yos anteriores. Albergamos inquilinos indelicados o enfadados que piden una reparación o solo quieren empujarse unos a otros."

La foto me detiene en el otro yo, el recordado. Me detiene y me propone considerar que detrás de esa impresión en papel existe un puñado de momentos que se desgajaron con la prisa cansada de la juventud. Nada vuelve. Siento la punzada en el estómago de El ya y el todavía. Lo cumplido hasta hoy y la promesa de alcanzar las metas pendientes.

Estamos hablando del yo vivido y el yo recordado. Él yo del presente y él yo que tiene una oportunidad de reconstruirlo todo. Entonces nos vemos en la mitad de un cálculo. Calculamos la edad, el sentimiento, la emoción. El Yo recordado siempre nos dará una especie de dicha.

Recordamos una síntesis inexacta de los momentos. Al respecto el premio Nobel Daniel Kahneman desarrolló la regla del Peak-End. Es una teoría que sostiene en esencia que los seres humanos no recuerdan las experiencias en función de la duración de estas, sino que recuerdan la experiencia basándose en dos factores. El pico emocional o el punto máximo de excitación y la sensación emocional que se experimenta al final de la experiencia. Todo lo demás casi no quedará registrado en nuestra memoria.

Puedes saber si tu viaje duró una semana, dos días o tres meses, a tu recuerdo no le importará nada del tiempo. Haremos una síntesis de los hitos que hemos recogido en un lapso para redondear la historia.

Diseño de infografia RGM
Peak-end

Quiero recordar un pico alto en ese páramo de mi vida que haya quedado plasmado en la fotografía. Un subidón de adrenalina. Tal vez era una de esas fotos para el recuerdo. ¿El recuerdo de qué? De que una vez estuvimos juntos o quizá vivos. Supongo que después de esa foto, juntamos las sillas, limpiamos la barra, nos despedimos como siempre y apagamos la luz. Pero también sugiere que era una despedida final. Un adiós que no sabíamos que era para siempre. O que, en el fondo, al final del festival, no quedó nada que nos uniera. Buena foto para un End. Elijo ese final como un buen recuerdo. Todo lo demás que ocurrió no queda en registro de la memoria.

Vivimos en un continuo duelo. Bienvenidas y despedidas insospechadas. Dice Borges que “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” Tengo muchos amigos de diferentes épocas. Otros que son amigos del presente. Otros que son amigos del tiempo que me queda por vivir, que los frecuento cada vez que el azar nos convoca.

Generamos historias para ayudarnos a comprender la realidad. Creamos nuestras historias con la base del peack-end, y producimos una especie de tráiler de película que nos deja claro cómo fue la historia global. Hacemos novelas cuando nos acordamos de los detalles.

Dejó la foto en mi escritorio y concilio con el yo del 96. Sigo la teoría de Daniel Kahneman. Que buenos tiempos. Es el tiempo que querría.


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