Los gruñidos del día


De las crónicas del Conde Crápula

Llegué a Barcelona con la firme intención de olvidarme de todo. Con veintisiete años había sobrevivido a las primeras semanas en la ciudad, en una pensión de mala entraña, pero nadie me había dicho lo infame de conseguir un departamento en la ciudad. Pasaban los días y cada momento era más incómodo. No tenía computadora y sólo vagaba de un lado a otro de la ciudad, a paso firme; con la intención de memorizar cada rincón que me insuflara valor para seguir mis pasos y darle forma a una historia. En la conmoción tenía poco que escribir porque me llamaba más la fiesta, la celebración interna del extranjero. Fui atacado por el síndrome de la página en blanco y lo supe una noche que regresaba del parque Güell, con las orejas congeladas luego de mirar el baile de la Sardana y a unos viejos practicando la petanca. Estaba más que jodido. Pensaba que, en el último de los casos, los excesos maquillados por las series de televisión de los escritores, eran el camino para hallar historias, para desternillarse con cien mil palabras entre noches de ron y marihuana narrando los pormenores de la mierda humana. Yo regresaba de mirar un baile monótono y un juego monocromático.

No tenía interés por fumar mota ni beber ron. De camino a casa, miré entre una callecita de Gracia, un cartel donde ofrecían trabajo en una radio cultural. Guionista. Vibró la palabra en mi estómago. Un trabajo que me pareció una maravilla para lanzar un peso de plomo al abismo. Sabía que tarde o temprano, la vida de turista iba a cansarme. Ese hallazgo laboral, casi un milagro, no era común en el pueblo de donde venía por lo que miraba al futuro con ansias glotonas de éxito. Tomé la hoja y la guardé en mi mochila. Caminé por el paseo san Joan pensando en mi vida con la radio. De lejos llegó una vieja lectura de La Tía Julia y El escribidor, una verdadera teoría del guionista que leí gracias a un maestro mediocre que dejó las clases a la mitad del semestre. Entonces lo noté con más furia. La página en blanco estaba en mi mente. La radio es más que un medio de comunicación, es una hebra fina del espíritu que sale por las bocinas del reproductor. La palabra. Motor de toda radio. Y no tenía palabras. Las mías estaban desvencijadas, raídas, en conserva, en añejamiento. Me detuve en la avenida Diagonal para cruzar varios carriles de autos.

La ciudad estaba sola, como si la hubieran apagado apenas descendió la temperatura. La luz agonizante de un bar me guiñó el ojo. Entré y el cantinero me extendió un porta vasos y levantó las cejas. “Un café”. Lo sirvió y se olvidó de mí. Saqué la hoja y le pregunté de la dirección. Me lo dijo con amabilidad. Lo apunté. La radio estaba cerca de ese bar. Miré el reloj, pero era tarde para ir a buscar el edificio. Garabatee algo en la libreta. La blancura de la hoja me vencía tal y como si me atragantara con grandes dientes. Había mirado a turistas gringos sentarse en una mesa y escribir en libretas tamaño media carta casi sin respiración. Había mirado al Kalimán, un indigente al que le bastaba la orilla de una banqueta, una pluma bic y su libreta para hacer anotaciones a renglón corrido, sin parar, sin detenerse, las ideas al ritmo de unos dedos mugrosos exprimiendo la tinta en el papel. La página en blanco me detenía. Ni un verbo, ni un sustantivo. Los recuerdos eran presentes finitos, que como la radio se morían en el momento de nacer. Allí mismo. El adiós a las palabras. Pagué la cuenta y salí pensando en que debía conseguir un apartamento.

Al amanecer, dejé el hostal y en la esquina de la calle Portaferrisa tomé el teléfono y marqué para solicitar una entrevista de trabajo. Me contestó una voz acaramelada y melodiosa que necesitaba conocer de inmediato.

La radiodifusora estaba en un último piso. En una azotea habilitada con los cuartos de servicio. Uno debía atravesar de un lado al otro el edificio para entrar a la oficina. Llegué y estaba sentado un hombre de piocha crecida hasta la garganta y lentes redondeados. Portaba una bufanda de lana a cuadros verdes. Era delgado y fino. Un locutor, pensé. Me senté a su lado. Lo saludé. El hombre asintió con la cabeza. Tomé un folleto de publicidad que estaba en una mesa de centro y lo estuve hojeando como si me interesara. Salió entonces de una puerta una mujer mastodóntica y velluda. Era un gigante estrábico que cojeaba del pie izquierdo, el pelo pintado de rojo y una largas uñas falsas que colgaban como garras. Era enorme. Sus carnes fofas ondularon por el lugar y ella se detuvo frente a nosotros. Miró de manera simultánea en ambas direcciones. Con un ojo me señalaba y con el otro ojo apuntaba al flaco.

“¿Usted es el locutor?”. No dije nada, porque no estaba seguro si me hablaba a mí. Pero el hombre de la piocha larga, contestó que sí. La mujer, sin mover ningún ojo, preguntó “¿Usted es el ingeniero?”. Mi facha siempre me ha delatado como ingeniero, así que no me molestó. Le aclaré que era el guionista. “¡Ah!” masticó una frase irreconocible en catalán. “Pase” le dijo al locutor.

Entonces supe que la voz sentida y cariñosa de locutora provenía de esa mujer.

La mujer giró su cuerpo enorme y se sentó en su escritorio. Tomó una revista de modas y fingió leerla. Me miraba de reojo, ahora sí, con un ojo parecía que me palpaba y con el otro revisaba las noticias de los príncipes. Me llamó la atención que no hubiera ninguna bocina para monitorear el hilo de programación. Miraba las rebajas de las computadoras cuando la secretaria me invitó a pasar indicándome el camino con su ojo de iguana.

Entré a la oficina del director.

“¿Eres el guionista?”. Así se presentó Raúl Munnet. Me dijo con un tono que de primera instancia me pareció perverso y al minuto después de mirarlo, me pareció ofensivo. Como era de esperarse, yo era un escritor que no actuaba ni vestía como escritor. Pero me bastó ver a un enano bastante alto. Con el mentón protuberante, de neandertal, pelo negro, entre crespo y lacio. Extremidades largas y un tronco pequeño, del que salía sin el menor pudor una panza firme y extensa que se perdía debajo del escritorio, vestido con una playera de algodón donde se alzaba, ufano, el símbolo de la anarquía. Raúl era el resultado del esfuerzo por parecer intelectual. Exageraba en la modulación de la voz para esconder el tartamudeo, pero alzaba una engolada pronunciación; cada palabra que componía una frase, intentaba que fuera una sentencia inmortal, como si un biógrafo estuviera debajo de su púlpito invisible. Mirarlo sólo a la cara, olvidando por un rato el lugar donde estábamos, era un ejercicio sorprendente que me llevaba a imaginar esos pequeños ídolos Otomíes que venden en los mercados de artesanías mexicanos.

La aventura radial era mejor. Planeaba echar a volar una emisora de radio barroca y a la vez cultural. Donde exaltara a la literatura y su promoción por medio del lenguaje radiofónico. Al cabo, decía, estamos en la Meca del mundo literario de Iberoamérica. Sus amigos de las editoriales estarían encantados de sostener y patrocinar el proyecto. Comencé a imaginarme envuelto en un proyecto que fatalmente iría al fracaso. Me despertó la sensación de apoyar al equipo perdedor. Asumí que ese proyecto no iba a funcionar, pero me daba tiempo para olvidarme del hostal y dejar pasar tiempo para hallar departamento con esa frase catalana de “tranquilo, no pasa nada”. En un futuro podría establecerme, relacionarme con las editoriales y hacer pequeñas reseñas y adaptaciones de obras para radio.

Me contrató. Me ofreció un sueldo miserable y me dijo que comenzara de inmediato con tres libros recién salidos del horno. Cuando tuviera la reseña Raúl podría valorar mi trabajo. Lo cierto era que Raúl era un ser oscuro y miserable. Había pastado en varios campos editoriales y había generado grillas y discursos baratos para hacerse de una posición, por lo que nadie había acudido al llamado de esa vacante. Un extranjero le quedaba muy bien para esconder su mal nombre.

Leí los libros. Mostré las reseñas. Fui criticado y nunca me pagó; lo sabía desde un principio, pero me quedaba la esperanza de que, quizá, uno de sus amigos de las editoriales iniciara el proyecto con un jugoso cheque, porque a pesar de todo, Raúl tenía su encanto natural; era de esos expertos en generar negocios de saliva que podrían hacerse con un puñado de suerte. A la tercera vez que acudí a las oficinas, la secretaria me atajó antes de entrar y me dijo que si no me había dado cuenta que no me iba a pagar. “¡Está quebrado. Yo vivo de una pensión de viudez y sigo con Raúl porque era amigo de mi marido. Un majo!”

Pensé decirle que una de las cosas por las que iba a visitarlos no era por el dinero, sino por tener algo que hacer, algo en qué ocupar mi página en blanco. Pero no lo dije.

Los quince días y sus tardes que pasé bebiendo café y fumando al lado de Raúl en sesiones de trabajo que resultaban monólogos tartamudos, en los que recitaba sus glorias pasadas, sus guirnaldas de olivo, sus anécdotas con editores y escritores pero, sobre todo, había escuchado a una víctima de un destino que lo había castigado por ser diferente, supe que por más que se esforzara sería un mal escritor y un pésimo conductor de programas de radio. Pero conocer por la vía de la mediocridad un mundo literario era para mí fantástico. Nada como que una secretaria que se portaba como la ama de llaves, nos hacía de comer bocadillos y preparaba el café con una voz espectacular creyendo, fielmente, lo que ese enano dibujara en el viento. Nada como que los tres teníamos un sitio donde reposar nuestra humanidad en el juego de creer y no creer las historias que nos convocaban. Finalmente y a pesar de las mentiras o las verdades, nada teníamos que perder.

Miré sus grandes senos y le contesté que iba a renunciar en ese momento. Abrí la puerta de la oficina de Raúl y lo encontré llorando con un libro en las piernas. Era horrible. Se levantó como pudo y caminó hasta una ventana que daba al Paseo Sant Joan. Expulsó un fuerte sonido que se llevó a todo un regimiento de mocos. “¿Te vas no?” dijo en un tono agudo ocasionado por una flema que se le atoraba en el gaznate. “Lo he escuchado todo. Voy a decirte que tienes un gran talento. Que si te sirve, mañana puedes pasar por una carta de recomendación. Igual no te abre puertas, pero te puede ayudar.”

Unas lágrimas se estiraron por las mejillas y el mentón parecía alargarse. Crujió en mi cuerpo un sonido de caña partida por mitad. Me dio lástima, pero ya tenía un departamento en la calle de Alzina, una computadora flamante, el tiempo necesario para romper la hoja en blanco y una hilera de libros que me habían obsequiado las editoriales para realizar las reseñas.

“Adiós Raúl” dije y salí con cierto desconsuelo. Él sabía que no iba a volver por la carta de recomendación y yo sabía que sólo quedaría en mi memoria un rostro de mandril y su voz cavernícola.

En un encuentro lacrimógeno con la secretaria en el café Zurich me dijo con una voz aterciopelada y baba entre la comisura de la boca “Raúl se suicidó inhalando gas butano, la noche siguiente de tu partida”.

Sentí un coletazo en el estómago. Lo dijo tan dramáticamente que noté una acusación en sus palabras. Gruñí algo y me despedí de la mujer que se quedó estacionada entre una multitud que salía de la boca del metro. Hice algún intento por beatificar la memoria de Raúl, como merece todo difunto, pero era simplemente nefasto.


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