Un adiós interminable


Ayer noche, cuando buscaba el diccionario de Joan Corominas entre los estantes de mi librero, apurado por hallar el significado etimológico de la palabra gratitud, cayó de un estante superior un cuaderno de recortes de periódicos y revistas que Merit ha ido compilando a lo largo del tiempo. A primera vista, el libro es una enloquecida egoteca organizada cronológicamente con la mayoría de mis filias y mis fobias públicas; presentaciones de libros, entrevistas y declaraciones pendencieras contra viejos enemigos come mierda. Confieso que el tiempo se detuvo y mi memoria se barnizó de una nostalgia espinosa. Allí estaba la mega historia de 26 años dándome un tour por los rincones más olvidados y por qué no, más inolvidables. Veintiséis años, fecha inexacta por supuesto, de una carrera tatuada con la caricia de la tinta y el papel. Soy del siglo pasado, un hincha del siglo pasado, uno de esos seres humanos que nació con la era de la imprenta y cabalgó a la mancha de luz digital a contra pronóstico.


Leí en las primeras páginas del almanaque, una publicación, de las más antiguas que guardé con especial cariño. Es quizá la publicación más vieja que conservo, de mis primeros años en activo en el mundo de mis letras. Una vieja columna que publiqué en un periódico me lanzó, como un muñeco de trapo a los límites de mi resistencia. Y recordé que antes de publicar por primera vez esa columna, hubo una noche, la del 26 de enero del 97, cuando llegué de la ciudad de México, sin escalas al hospital de la Presa, en Guanajuato. Intoxicado por una llamada de alarma que me suplicaba estuviera allí, para despedirme de mi abuela. Pasé directo a la habitación y me enfrenté con la peor pesadilla. Quien me enseñó a no rendirme jamás, estaba pelando una cruenta batalla para quedarse un poquito más en esta tierra. Allí, aferrada al respirador, intoxicada con sedantes colgaba un hilito de vida de quien fue mi madre hasta el último aliento.

Nadie está preparado para la orfandad. Nadie está listo para una despedida sin adioses o besos desesperados. En ese instante sólo quería estar allí, no para despedirme de ella, sino para salir del hospital con ella. La noche pasó lenta, en la agonía y el desamparo. Sólo un milagro podría detener la muerte. Así que, en una de las vueltas para vigilar a mi abuela comenzó la crisis. El terror, la escalada de los estertores y la despedida nunca concluida. Al final, mi madre quedó a la deriva entre dos enfermeros confundidos. Así lo creí, porque los únicos conocedores del desenlace eran ellos. Supliqué por la presencia de un médico y condescendientes dijeron que ya le habían avisado. Pero ocurrió la muerte. El médico no llegaría jamás porque la encrucijada era la muerte o un milagro. Y ese médico no creía en milagros. Recuerdo que volví al planeta una semana después, a la senda del duelo, con espinas y alfombras de llanto que se mecen como arenas movedizas entre los minutos diarios.

El sol sale al otro día y encima de todo, debe uno ir a vivir.


Entre libros y hojas de papel bond procuraba desmarcarme de la tristeza. Driblar al coraje, fintar a la impotencia. Iba cada día a mi viejo estudio improvisado en la calle de Independencia con la intención de trabajar un poquito. Había una luz que pasaba por la rendija de una ventana y una nube de polvo, como una burbuja iluminó mi escritorio. Con ella iba un envión de coraje que me arrojó contra el cuaderno. Entre lágrimas y rabia, apreté las mandíbulas para dejar ir un tráfago de emociones que iban y venían del estómago a la garganta anudada. Cuando tuve el borrador, machaqué las teclas de mi pequeña olivetti portátil y al final llené dos páginas a renglón corrido.

Metí el texto en un sobre amarillo. Apunté el nombre del director editorial y lo llevé a la oficina del periódico el Nacional que quedaba frente a mi estudio; un lugar en un segundo piso, maloliente y en ruinas.

La secretaria me miró llegar hasta su escritorio. Apenas dije algunas palabras. El reportero de guardia miró su reloj y volvió a su máquina de escribir. Le agradecí a la mujer que tomó con las dos manos el sobre manila y me sonrió. Cuando salí de la pequeña oficina, las piernas se pusieron rígidas, como un par de postes de luz. Ya no sabía lo que pasaría.

Al otro día compré el periódico. Lo leí de cabo a rabo.Un par de veces. Leí los anuncios clasificados confiando que allí podría quedar los restos de mi pasión. Entonces me ruboricé. Me arrepentí. No tenía ni una copia de mi texto. Ya no sabía qué había declarado, apuntado, jurado y cuando no vi en ninguna parte mi trabajo, respiré con alivio. La vergüenza me atajó con menos arrestos y me dije todo el día que estaba mejor así. Incluso, podría ir a la oficina del periódico a rescatar mi texto. Pero supuse que ya el editor había hecho lo propio, lo que yo hubiera hecho: tirarlo a la basura.

Para el domingo, mi padre dejó en la mesa del comedor el periódico y con desgano comencé a hojearlo. Entonces en la página 12, leí el título “Doctor, le duele la ética” y las fronteras del mundo se borraron. Debajo estaba mi nombre impreso en tinta. Y esta emoción me disparó todas las alarmas. El trayecto de mi texto no era un tema digital donde se copia y pega, sino una senda llena de colinas: imaginé el recorrido de mi sobre manila llegar hasta el director editorial. Abrirlo, leerlo, pensar cuándo saldría publicado, pasarlo a la mesa editorial, al corrector de estilo, pasar a los editores, correctores, tipógrafos, impresores, distribuidores; todo un grupo de personas que trabajaron para darle vida a un impreso, para echar a rodar las prensas. No sé si palidecí, pero sentí la fuerza del escrotor. Un regalo inmerecido. Un triunfo secreto. Yo sabía que no iba a parar allí, que nada iba a quedar igual. Había firmado un pacto conmigo, hacer lo que me gusta. Ni más ni menos.



Todos los miércoles llegaba a la oficina del periódico, me miraba la secretaria, el reportero miraba el reloj y asentía con la cabeza. Sólo tuve comunicación con el director editorial por medio de cartas que integraba al sobre manila de los miércoles. No tuve mejor pago que mirar mi nombre impreso. Escribí historias de Molicie y Café más de un año. Firmaba sin pseudónimo porque era un desconocido, un fantasma de los miércoles. No había likes, ni comentarios. Era un secreto publicado.

Ahora lo pienso, luego de repasar esa cadena de historias del almanaque, que coincide cuando estoy a punto de publicar mi nuevo libro de cuentos, que siento los nervios de aquel muchacho llevando un trabajo realizado a sangre y lágrimas a donde nadie lo pidió. Y espero como ese Ricardo del 97, que sea domingo y que salga mi nombre con tinta y que nadie me conozca. Que vuelen sólo mis historias. Y deseo con rabia, con nostalgia que estuviera mi abuela para leerme, y decirle que sí, que los milagros existen, porque quizá la literatura, la mía, sea ese larguísimo adiós interminable.

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