top of page

La prueba social


La falacia de la prueba social es un error lógico que se comete al aceptar una afirmación o comportamiento como verdadero o correcto únicamente porque muchas personas lo creen o lo hacen. Mi abuela me lo decía siempre, ¿si tus amigos se tiran de cabeza de un balcón, tú también?

He sido testigo de diversos disparates a que hacemos los seres humanos por aprobar, al costo que sea, una prueba que nos parece vital, la inclusión en el grupo. Aprobar la prueba social.

Hace tiempo, en una reunión de una escuela parroquial, llegó el señor director de la institución primaria, vestido con un saco y sin corbata. El hombre, muy cortés, se acercó de inmediato a estrechar la mano al pequeño grupo, cuando dos de los miembros lo reciben con zalamería, lo saludan cuidando las formas; estiran la mano y se inclinan enseñando la frente y se preparan para lanzar su mejor sonrisa. El director los mira de arriba a abajo y dice -¡Qué bárbaros, qué elegantes! ¿No tienen calor?, Es nada más una reunión informal- se justifica el director por su atuendo sin corbata. Acto seguido, se retira el director entre la pelotera de gente y los dos entrañables súbditos se quedan contrariados a la deriva del comentario. Sin mediar palabra, toman cartas en el asunto y desbaratan el nudo del corbatín para quedar a la vista de todos, informales. Me imaginé la escena con el director llegando en pantalón corto. Era posible que ambos personajes se quedaran en calzones.

“En general, cuando no estamos seguros de nosotros mismos, cuando nos enfrentamos en una situación poco clara o ambigua, cuando reina la incertidumbre, es cuando nos mostramos más propensos a observar las acciones de los demás y aceptarlas como correctas (Tesser, Campbell y Mickler, 1983). (“LOS PELIGROS DE LA INCERTIDUMBRE - Influencia Ciencia y Práctica”)

Cada día desafiamos el azar con varias pruebas para consolidar nuestra identidad y pertenencia, sin embargo, la prueba social se inclina a la búsqueda de la aceptación personal en el grupo social. Cialdini sostiene que hay dos razones principales por las cuales las personas recurren a la prueba social.

La primera razón es la creencia de que los demás tienen más conocimiento o experiencia en la situación en cuestión. Si vemos que muchas personas están actuando de una determinada manera, asumimos que eso es lo correcto debido a la suposición de que han tomado la decisión basándose en información o experiencia que no poseemos.

En los sistemas de gobierno monárquicos, por ejemplo, las decisiones del monarca o líder supremo eran seguidas y respaldadas por sus súbditos, quienes buscaban la aprobación y seguían el ejemplo del líder. Esto también se aplicaba a la nobleza y a las clases dirigentes, cuyas acciones y preferencias determinaban las normas sociales y culturales para el resto de la población.

El director de la primaria, si bien no era un monarca, (pero casi) tenía la máxima autoridad en ese círculo de personas. Estos dos profesores ni siquiera se detuvieron a pensar en mi atuendo, que carecía de traje y corbata. No siguieron al plebeyo, que después de todo tenía razón en utilizar un atuendo más fresco. Las pruebas sociales las aplica en principio el líder, el que tiene el poder de influir entre los subordinados a pesar de su ignorancia. Y los subordinados tienen la necesidad de inclusión y desde luego de aprobación.

En el ámbito religioso, líderes espirituales y sacerdotes ejercían una poderosa influencia sobre las creencias y prácticas de los fieles. La aceptación o rechazo de ciertas ideas y rituales por parte de las autoridades religiosas influía en cómo la comunidad abrazaba o rechazaba ciertas prácticas. Aún no encuentro la lógica para anudarse un pedazo de tela en el cuello y luego cubrirlo con el saco. Pero nos da lugar a entender la segunda razón que menciona Cialdini y lo nombra el principio de la "prueba social como validación social". En este caso, las personas buscan la aprobación y aceptación de los demás. Si la mayoría de las personas están haciendo algo, es probable que nosotros también lo hagamos para evitar el sentimiento de exclusión o el miedo a ser juzgados. Sobra decirlo, este principio de la validación social es un caldo de cultivo de aciertos, porque nos salvan de cometer ciertos fallos, pero también de muchos errores basados en la ignorancia.

Uno de los dolorosos aprendizajes de la prueba social como validación social, lo experimenté en unas vacaciones que fui a visitar a una tía en Querétaro. Mis primas estaban en clase y llegué con la tía Ángeles a la escuela. En el pórtico estaba un tío vivo con una hilera de chicos que hacían girar aquel juego mecánico. La tía me dijo ve a jugar mientras salen de clase tus primas. El reto estaba allí. Que te incluyeran en un grupo de desconocidos en un lugar ajeno. Qué necesidad. Al acercarme todos los chicos me miraron de reojo. Como un extraño enemigo. La estrategia era irme acercando al tanteo. Metro a metro, para calibrar las miradas y las hostilidades. Para ubicar al líder que integraba en el juego. Todo era ligero. Se llenaba el tío vivo por tandas.

- ¿Qué, juntan?- le dije al que tenía una charrasca en la mejilla.

-Espérate. Ahorita que acabe la vuelta.

Jamás había jugado a eso. En esa tanda había niñas y niños pequeños. Giraba muy leve. Se detuvo la vuelta y otro, siempre hay en todas las historias de la prueba social un súbdito, me dijo súbete. Detrás de otros niños me enfilé para treparme. En la primera vuelta, me interrogaron. Les dije por quedar bien quién era y de dónde venía. En la segunda vuelta, me retaron. Solo quedábamos en el juego mecánico cinco personas.

-Este juego es para chingones.- Me advirtió el líder de la charrasca. Yo dije que sí, que yo era de Guanajuato. Y que, por supuesto, me la pelaban. -Agárrate fuerte-, dijo otro con cautela. -Sí. Claro.

Pues mis recuerdos se plasman en paneos de cielo y nubes aborregadas, asfalto, rocas, pasto y aire fresco. Salí expulsado por una de las hendiduras del juego y en vuelo regular, surqué unos veinte metros hasta reventarme la cabeza en un muro de rocas. Sobra decir que no pasé la prueba social. Quedé noqueado, excluido y juzgado. Nadie en estos casos reconoce la valentía, el arrojo ni el contexto en el que decidí hacer quedar bien a mi terruño. Al abrir los ojos miré un montón de caras que me observaban entre murmullos. Nadie hizo nada, hasta que llegó mi tía y me sacó de inmediato de aquella escuela.

La necesidad de aprobación elimina la reflexión de diversos factores en el contexto. El error es cambiar nuestra brújula moral que nos indica el camino gracias a la necesidad de aceptación. Lejos de mis ansias por quedar bien y que me integraran al grupo de los más malos de esa escuela, debí interpretar las muecas de los niños que me miraron indecisos, pero que callaron en coro por la presión del líder y el grupo. Como las ideologías, la presión social es un factor para el desastre y se provoca por ende el silencio, la omisión.

Cialdini dice que “al examinar las reacciones de otras personas para resolver nuestra incertidumbre, tendemos a descuidar un aspecto sutil pero importante. Es probable que esas personas estén comprobando asimismo la sanción social. Especialmente en las situaciones ambiguas, la tendencia a observar lo que hacen los demás puede dar lugar a un fenómeno fascinante, denominado ignorancia pluralista.”

Esta falacia se basa en el principio de que la mayoría tiene razón, lo cual no es necesariamente cierto. La verdad no se determina por la cantidad de personas que creen en algo, sino por la evidencia y la lógica que respaldan esa creencia. Combatir este principio de la prueba social exige pensar, reflexionar, tener información acerca de lo que apoyamos o no y contrastarla con nuestras convicciones.

Sin embargo, caemos en la tentación. Cialdini describe varios mecanismos a través de los cuales se ejerce la prueba social. Uno de ellos es la evidencia social, que es la información que recibimos sobre las acciones y elecciones de los demás. Por ejemplo, si un restaurante muestra un cartel que dice "El plato más popular", nos inclinamos a pedir ese plato porque interpretamos que es la elección preferida de la mayoría.

Otro mecanismo es el principio de similitud. Cuando nos encontramos con personas que son similares a nosotros en términos de edad, intereses, valores o antecedentes, tendemos a confiar más en su comportamiento y seguimos sus acciones.

Además, Cialdini menciona el efecto de la prueba social en situaciones de crisis, donde las personas tienden a buscar la guía de otros para determinar su propia respuesta. Es paradójico este mecanismo. Cuando hay varias personas que pueden proporcionar la ayuda requerida, se reduce la responsabilidad personal de cada individuo: “tal vez alguien busque ayuda o lo haya hecho ya”.

La prueba social destaca la influencia que tienen las acciones y decisiones de los demás en nuestras propias elecciones.

La falacia de la prueba social consiste en asumir que algo es correcto o verdadero solo porque muchas personas lo creen o hacen. Se basa en la idea errónea de que la mayoría siempre tiene la razón. Reflexión personal, buscar información objetiva, y tomar decisiones basadas en nuestras necesidades, equilibra este sesgo y fortalece nuestro juicio. Bien lo resumía mi abuela. ¿Si tus amigos se tiran de cabeza de un balcón, tú también?


 

Invadidos por la mega comunicación, esta falacia crónica se acentúa en el núcleo mismo de nuestro actuar en las redes sociales:

- Las redes sociales nos exponen constantemente a las opiniones y acciones de un gran número de personas. Es fácil asumir que si muchos piensan de cierta manera, debe ser lo correcto.

- Los algoritmos de las redes sociales suelen mostrarnos contenido similar al que ya hemos visto o con el que hemos interactuado. Esto crea "cámaras de eco" donde vemos las mismas opiniones una y otra vez, reforzando la sensación de consenso.

- Los "me gusta", compartidos y popularidad de ciertas publicaciones, refuerzan la idea de que si es popular o viral, debe ser cierto o válido.

El deseo de pertenencia y aprobación social nos motiva a adoptar las opiniones y comportamientos de la mayoría para encajar en un grupo.

- La dificultad de verificar hechos e información de forma rápida y sencilla en las redes sociales aumenta la probabilidad de aceptar ideas solo porque son repetidas sin cuestionarlas.

- La cantidad de información disponible hace que confiemos en las decisiones de otros como un "atajo mental" en lugar de analizar cada tema en profundidad.

En resumen, la naturaleza y funcionamiento de las redes sociales amplifican en gran medida nuestra tendencia natural a confiar en el consenso como prueba de veracidad. Esto nos vuelve más vulnerables a adoptar creencias falsas solo porque son aceptadas por muchos.

La prueba social se basa en la idea de que, en ausencia de información clara o experiencia propia, buscamos pistas en el comportamiento de los demás para determinar la acción adecuada. Entender esta dinámica puede ayudarnos a comprender mejor cómo se nos persuade y cómo podemos tomar decisiones más informadas y autónomas.


コメント


bottom of page