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Mi amigo Juan Jo



Me duele más la muerte de un amigo

Que la que a mí me ronda

Joaquín Sabina

En memoria de Juan José




Juan José de Geovannini y yo terminamos el programa "A pie de página". Descendimos, como cada lunes, los dos pisos de Casa de Moneda y rematamos la conversación después de la audición, en la calle de Sopeña, como todos los lunes a lo largo de casi un año. Allí, en la banqueta, dejábamos los puntos suspensivos de cualquier plática para retomarlos en la semana, cuando ajustábamos el tema y decidíamosel invitado. Fue una noche de noviembre de 2022 cuando se disculpó porque no haría los siguientes programas hasta marzo. 

—Me van a operar de la panza —dijo. 

—No te preocupes, Juan, yo te hago el paro. 

Conocí a Juan José de Geovannini en el año 2005. En esa época, él coordinaba los esfuerzos de la editorial de la Universidad de Guanajuato y yo coordinaba Radio Universidad de Guanajuato. En el extraordinario palmarés de Juan José, contaba con que dirigió esa editorial, y no solo eso, organizó un catálogo, generó antologías y colecciones editoriales. Coincidimos por el trabajo en la Dirección de Extensión Cultural de la Universidad, pero lo que nos vino a unir como amigos fue cuando me visitó en Casa de Moneda y me dijo que uno de sus deseos era hacer un programa de radio que hablara de libros y de la labor editorial en el estado. En ese momento, saqué mi Moleskine para garabatear las primeras ideas, pero acabamos diseñando el programa entero. Juan José ya tenía en mente el nombre: "El librero". 

—Te quebraste la cabeza —le dije, y no paró de reír por un rato.

Inauguramos esa audición con los primeros experimentos de un Juan José locutor, que logró integrarse a las ondas de radio todos los viernes por la tarde y conservar un auditorio interesado en el microcosmos editorial de Guanajuato. Durante esa temporada de "El librero", Juan José logró reunir, con sus muchos amigos y conocidos, a una buena parte del gremio de escritores, escritoras, editoriales y anexas. 

Juan José era un soñador de tiempo completo. Siempre se lo envidié. Vivía en su mundo interior y, cuando se asomaba a la tierra, dejaba siempre un relámpago. En una reunión, me preguntó:

—¿Tú escribes? —dijo tomando la esquina del aro de sus lentes al estilo Lennon.

—Desde la primaria, Juan Jo. 

Echó un relámpago. 

—Pásame tu libro para ver si lo podemos publicar. 

Un libro entrañable y muy sufrido, porque, luego de un año de beca y de estar bajo asedio con los compañeros del FONCA, vio la luz en tierra firme. Entonces, yo era burócrata y no iba a desmerecer mi publicación como si hubiera sido un favor de un compañero. 

—Juan Jo, dale caña. Sin piedad.   

Al cabo de un tiempo, ya tenía editado un libro bajo el sello de la Universidad de Guanajuato. Esa pequeña parte de la vida, ese momento donde se cristaliza la confianza de un editor experimentado y la inversión de una institución para producirlo, es como ese relámpago que les digo, aparecía con Juan José. Un montón de vida y de esperanza. 

Hicimos la presentación en el Museo Diego Rivera. Brindamos, bebimos y nos echaron temprano del lugar. 

Recorrí con Juan José todos los cafés de la ciudad. Cada encuentro con él era pensar en un montón de proyectos e ideas, literatura, libros y un montón de eternidad. 

Siempre se lo dije: "Te admiro porque aguantas al ego más tóxico, después del de las modelos: el del artista, peor aún, el de los escritores". Juan José siempre reía y enseguida se le coloreaban las mejillas. A pesar de presionarlo, jamás escuché que hablara mal de alguien. Habrá quien tenga su resabio, pero por mí que se vaya al carajo.    

Una mañana llegó a mi oficina para decirme que dejaba la Universidad y se pasaba a una gran oportunidad, como director editorial en el sello del Gobierno del Estado. Estuvo allí por más de doce años, trabajando y produciendo grandes ideas que muchos de los escritores le deben. El Fondo Guanajuato, por ejemplo, es un proyecto donde se han dado a conocer editores y editoriales a nivel nacional, de acuerdo con la gira en las ferias del libro más importantes. También, varios escritores aprovecharon las facilidades de vender y promocionar sus libros de autor. Recuerdo a uno que me dijo en una feria que él se había decidido a vivir de sus libros. Y vaya que vende novelas de género. Si no hubiera esa cobertura de subsidio, no sé qué resultados hubiera tenido. 

Pasaron los años con encuentros regulares que acentuaron nuestra amistad. Una amistad que se llenó de presentaciones, conferencias, premios, ferias de libros, proyectos, consejos. Juan José estuvo al lado de cada libro que escribí, allí, echando el relámpago. Allí como testigo. Allí como amigo. En Guadalajara, Ciudad de México, León. 

Compartí con Juan José una amistad de dieciocho años en cuya banda sonora, llena de rock and roll y esperanzas, de poesía y sombrero de ala ancha. De expresos y de libros. Nunca nos quedamos con nada que nos jodiera la amistad. Debo decir que rechazó unas propuestas y yo le critiqué cosas como funcionario. De cara y frente. En la vida solitaria de un escritor, son pocos los amigos y poquísimos los que entienden, como Juan José, a un amigo escritor. Yo tengo un sembradío de relámpagos que dejó Geova en mi parcela, luces que iluminaron mi camino en momentos grises.   

Después de ese programa "A pie de página" con Juan José, no lo volví a ver. Al cabo de unos meses, hablé con las productoras del programa y di por terminado "A pie de página". 

Conversamos mucho por teléfono y siempre le preguntaba "¿Cómo estás?", y fiel a su costumbre respondía que bien.  

La última comunicación que tuve fue el último día de febrero. Apunté los últimos garabatos de proyectos en mi Moleskine. "A chingarle, Juan Jo, no te hagas güey".  

Nunca me dijo qué mal padecía y nunca indagué más de lo que él quería decirme. Yo me quedo con que le dolía la panza. En esa mañana me dijo que iba mejorando al pasito. Yo siempre le creí. 

Juan José de Geovannini fue un soñador incansable, un amigo leal y una piedra de toque en el mundo editorial de Guanajuato en los últimos 18 años. Su pasión por los libros, la lectura, su generosidad con los escritores y su visión para impulsar proyectos innovadores dejan un relámpago en todos aquellos que tuvimos la fortuna de conocerlo y trabajar a su lado.

Nuestra amistad de dieciocho años estuvo marcada por incontables momentos de complicidad, risas y sueños compartidos. Juan José tenía el don de ver el potencial en cada persona y en cada idea, y no dudaba en brindar su apoyo y experiencia para hacerlos brillar. Fue un faro de inspiración y un maestro para muchos, incluyéndome a mí.



Hoy, al escribir estas líneas, siento un profundo vacío por su partida, pero también una inmensa gratitud por haber sido parte de su vida y de su legado. Juan José nos enseñó que los libros tienen el poder de transformar vidas, de crear puentes entre las personas y de iluminar hasta los rincones más oscuros del alma. 

Aunque ya no esté físicamente con nosotros, su espíritu y su amor por las letras seguirán vivos en cada libro que editó, en cada escritor que impulsó y en cada lector que encontró refugio en las páginas que ayudó a crear. Juan José de Geovannini fue un regalo para el mundo editorial y para todos los que lo conocimos. Su luz seguirá brillando en nuestros corazones y en las estanterías de las bibliotecas, como un eterno relámpago de inspiración y amistad.


Descansa en paz, querido amigo. Hasta siempre, Juan José.

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